Entre montañas, casas abandonadas y la magia de lo desconocido

Hay viajes que cambian tu vida. No hablo de esas escapadas organizadas donde visitas tres ciudades en cinco días, haces cola para ver monumentos y te llevas fotos que parecen todas iguales. Hablo de los viajes que te hacen perderte para encontrarte. Y ese fue mi viaje a la China salvaje, una aventura que me llevó a caminar por parques naturales infinitos, explorar casas abandonadas en pueblos rurales y descubrir la hospitalidad de una gente que, sin compartir idioma, me abrió las puertas de su vida.

cuando decidí dejar la ruta turística

Cuando pensaba en China, lo primero que me venía a la cabeza eran las grandes ciudades: Pekín, Shanghái, esos rascacielos que parecen no tener fin. Pero yo no quería eso. No había volado hasta el otro lado del mundo para ver otro Times Square.

Yo quería perderme en la China rural, en la desconocida, en la auténtica. Así que, con una mochila vieja, unas botas de montaña y un mapa lleno de garabatos, me lancé a la aventura. No era exploradora profesional, ni viajera de Instagram. Era simplemente yo, con mis ganas de vivir algo único.

Guangxi: la postal que se hizo real

Mi primera parada fue en la provincia de Guangxi, y todavía recuerdo la sensación de estar dentro de una pintura china. El río Li serpenteaba tranquilo, rodeado de montañas verdes con formas imposibles.

Remaba en una barca de bambú y lo único que escuchaba eran los pájaros. El tiempo parecía haberse detenido. Respiré hondo y pensé: “Esto sí es viajar. Esto es lo que buscaba.”

Allí entendí la primera lección de la China salvaje: aprender a escuchar el silencio.

El misterio de las casas abandonadas

Alejándome de los caminos turísticos, llegué a pequeños pueblos donde el tiempo había quedado congelado. Casas de piedra con las puertas medio derrumbadas, ventanas rotas y paredes cubiertas de musgo.

Muchos habitantes habían emigrado a las grandes ciudades buscando trabajo, pero las casas seguían allí, como cápsulas del pasado. Yo no pude resistirme. Encendí la linterna y me adentré en una de ellas.

En el suelo, una taza de té rota; en la pared, una fotografía en blanco y negro; en una esquina, una mesa cubierta de polvo. Era como si la familia hubiese salido corriendo y nunca hubiera regresado.

Explorar esas casas fue una experiencia única. Me recordaron que detrás de cada ruina hay una historia, un recuerdo, una vida que sigue hablando aunque ya no haya nadie allí.

Zhangjiajie: el escenario de Avatar en la vida real

Más al norte llegué al parque de Zhangjiajie, famoso por inspirar las montañas flotantes de Avatar. Caminé por pasarelas suspendidas entre rocas que parecían tocar el cielo, con la niebla cubriendo las cumbres y monos saltando de rama en rama.

Era un espectáculo que me hizo sentir diminuta. Y en esa pequeñez encontré algo enorme: la humildad. Entendí que la naturaleza no está para ser dominada, sino para ser admirada.

Una cena que nunca olvidaré

Pero no todo fueron paisajes. Una de las experiencias más bonitas fue compartir mesa con una familia de un pequeño pueblo. Yo no hablaba chino, ellos no hablaban inglés ni español. Y aun así, nos entendimos.

Me ofrecieron arroz, verduras y un té caliente. Les respondí con sonrisas y gratitud. Esa noche confirmé que la conexión humana no necesita traducción.

Salir de la zona de confort

Claro que no todo fue fácil. Hubo días de lluvia en los que los caminos se convertían en barro, noches frías en las que dormí en lugares improvisados y momentos de miedo caminando sola entre montañas.

Pero justo en esas situaciones descubrí lo más valioso: la capacidad de adaptarse, de confiar en uno mismo y de disfrutar de lo imprevisible.

Lo que aprendí en la China salvaje

Mucha gente cree que viajar es tachar sitios de una lista. Pero yo entendí que viajar es dejarse transformar por lo que vives.

La China salvaje me enseñó que lo importante no son las fotos que subes a redes sociales, sino las historias que guardas en el corazón.

¿Y si tú también te lanzas?

Quizás ahora pienses: “Yo nunca podría hacer algo así, no soy tan valiente.” Pues déjame decirte una cosa: yo tampoco lo era. No era una profesional de la aventura. Solo una persona con ganas de salir de la rutina.

Y si yo pude hacerlo, tú también puedes. No necesitas un gran presupuesto ni una guía exhaustiva. Solo hace falta curiosidad, valentía y ganas de dejarte sorprender.

Porque viajar, al final, es esto: volver a casa con más historias que fotos, con más recuerdos que souvenirs y con una nueva versión de ti mismo.


👉 Como ya sabràs me encanta Àsia, por lo que hace Años doy clases de artes marciales , cerca de donde resido por si quieres practicar algún día y quieres que te de consejos al respecto , además uno de mis compañeros es medio medium y cuando visitamos una pequeña aldea abandonada , me dijo que podia sentir los espiritus de aquella casa ( Que miedo) , bueno tal vez conozcas a alguien que quiera comunicarse con alguno 😀


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